“Ni aun permaneciendo sentado junto al fuego de su hogar puede el hombre escapar a la sentencia de su destino”, escribió Esquilo, considerado el padre de la tragedia griega. Lo curioso es que él mismo protagonizó una de las muertes más insólitas de la historia.
Cuenta la leyenda que un oráculo le había advertido de que moriría por la caída de una casa sobre su cabeza. Para esquivar el destino, decidió marcharse al campo, lejos de cualquier vivienda. Pero allí, en medio de la nada, un quebrantahuesos soltó una tortuga desde el aire —como suelen hacer estas aves para romper el caparazón—, y el infortunio quiso que cayera justo sobre la cabeza de Esquilo. Murió al instante. El oráculo, una vez más, había acertado: la tortuga, al fin y al cabo, llevaba su casa a cuestas.
Su historia, entre el mito y la ironía, hay una idea que sigue siendo cierta más de dos mil años después: no podemos controlar lo que va a pasar y nadie puede preverlo todo. Pero sí podemos aliviar el peso que deja lo inevitable.
Hay cosas que no se pueden evitar, pero sí cuidar
La muerte, aunque incómoda de nombrar, forma parte de la vida, y perder a alguien es siempre una tragedia personal. En esos momentos no pensamos en trámites, certificados, traslados ni gastos, sino en acompañar y cuidar a los nuestros.
Ahí es donde un seguro de decesos cobra todo su sentido: porque permite que, cuando llega el momento, todo esté organizado, gestionado y resuelto sin que la familia tenga que cargar con más dolor del necesario.
El seguro de decesos no es un tema tabú, sino un gesto de amor y previsión. Garantiza que se cumpla la última voluntad de quien nos deja y libera a los tuyos de preocupaciones administrativas y económicas.
No es una cuestión de dramatismo ni de superstición. Es, simplemente, una forma de previsión inteligente y humana. Porque, aunque no podamos escapar al destino —como descubrió Esquilo—, sí podemos decidir que, cuando llegue el momento, las cosas estén en orden y los nuestros, tranquilos.
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