Te propongo un juego. Lee este titular con calma. Parece normal, ¿verdad? Pues nada, seguimos con el artículo…
Recibes un email de esos famosos grandes almacenes con unas ofertas estupendas. Todo encaja: el logo, el tono, el enlace. No parece raro. No hay faltas. No hay urgencia exagerada. Solo hacer clic en un enlace. La página carga. Introduces tus datos con normalidad. Y en ese instante, sin darte cuenta, acabas de entregarle tus datos a alguien que no es quien dice ser.
¿Qué ha pasado? Los ciberdelincuentes están perfeccionando el phishing cambiando letras por símbolos o caracteres especiales casi idénticos en los enlaces. A simple vista parecen reales: tu banco, tu plataforma de pago, tu red social. Pero no lo son.
Por eso la clave es simple: no te fíes solo de cómo “se ve” un enlace. Revísalo antes de pulsar.
Y ahora volvamos al juego que te he propuesto al inicio de este artículo. ¿Dónde está la trampa? En el titular, la “o” de “acabo” no era una “o” normal. Era otro símbolo casi idéntico. Y tu cerebro lo dio por bueno.
[

